viernes, 15 de marzo de 2013

espero leerte en el margen

Me dirigí a la cafetería de siempre, pedí lo de siempre, me senté y empecé a leer. No había más de tres o cuatro personas, cada una a lo suyo. Todos nos conocemos de vista pero nunca hemos sentido la necesidad de hablarnos, coincidimos en el espacio y en el tiempo un par de veces a la semana , (hay relaciones que se han forjado con menos), llegamos, saludamos, pedimos, vivimos, nos despedimos y desaparecemos.

Estaba inmerso en uno de los relatos de Murakami cuando alguien se sentó en mi mesa, no le tenía controlado: varón, cincuenta años, pelo cano, ojos cansados, ligeramente curtido por el aire y el sol, educado y con una dentadura curiosa, le faltaba un colmillo pero no tenía hueco, la falla le daba personalidad.

Empezó a hablar, tenía algo de acento sudamericano, muy leve pero perceptible, más tarde me contó que si bien nació  en España se crió en Chile, sus padres emigraron cuando era un bebé. Modulaba muy bien la voz, de tal manera que saltaba sin problemas todas las barreras psicológicas y prejuicios que podían haberse interpuesto entre nosotros, no soy de esas personas acostumbradas a que la gente les hable, más bien todo lo contrario.

Hablamos de lecturas, de novelas y de cuentos. Me contó su viaje en los últimos años, sus visitas a cafeterías donde hubiese libros, tanto en la decoración como para leer o intercambiar, me confesó que se dedicaba ha escribir en los márgenes de los libros desvencijados, en esos libros machacados de los sesenta y setenta que adornan cafeterías o puntos de bookcrossing, quería dar segundas vidas a todas las copias tipo "un mundo feliz" de Aldous Huxley que habitan y nutren esos lugares, escribía una y otra vez cuentos y pequeñas novelas encima de las viejas ediciones y los volvía a dejar en su sitio con la ilusión de que algún día un desconocido los ojease y reparase en sus narraciones. Se definió como un metaescritor literal, alguien que se dedica a escribir sobre lo escrito. Un oficio muy romántico, ¿no?.

Se me hacía tarde, las niñas estaban a punto de salir, así que me levanté a pagar la cuenta, cuando volví a la mesa el metaescritor desconocido ya no estaba, mi libro de relatos de Murakami tampoco estaba ya sobre la mesa, a cambio me había dejado una edición desvencijada de "rebelión en la granja" de Orwell, la abrí ilusionado, desconcertado, esperando encontrar un cuento inédito, una novela inexplorada en el margen de la literatura, y ...


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