sábado, 22 de diciembre de 2012

llegó

El viernes fue un día horroroso, (y van...), quizás el fin del mundo hubiese estado mejor, no hay nada más gratificante que salvarse de una catástrofe apocalíptica siendo recogido por unos simpáticos alienígenas comandados por alguno de tus compañeros de los que ya sospechabas sus orígenes marcianos o por el mismísimo David Bowie.

El caso es que en vez de rescate mítico me tocó sufrir presiones de todo tipo, carreras por los pasillos y llamadas telefónicas varias, con el ¿feliz? resultado de una sensación de ahogo y amargor. Y si hay un sabor que no soporto es el amargo. El dulce sí, el ácido más si cabe, el agrio tiene su punto, pero el amargo no, decididamente no. El amargo es un sabor que en vez de entrar en la boca, sale, sale del centro del alma, reside en algún punto indefinido del páncreas o del diodeno o de alguna glándula malévola, sube por el esófago, inunda tu boca y todo tu ser de manera desagradable. Y es contagioso, en mi centro de trabajo esta semana hemos sufrido epidemia de amargor, pero ya está, a las tres y diez llegó la ¡dispensa! para que me llevase el trabajo mal hecho por otros a casa, lo acabase el fin de semana y el compromiso de volver el miércoles que en principio tenía de vacaciones con los pantalones bajados a entregar un papel de mierda firmado... En fin, cosas de trabajo que se intentan mezclar en la vida personal y que aunque no lo consiguen totalmente , te afectan.

Pero una vez  superado el trauma ¿qué tenemos? .... ¡las navidades!, ¡qué maravilla! (léase con un tono mordaz y pelín irónico). Un par de semanas de excesos gástricos y sentimentales que a casi nadie gustan pero que casi nadie se atreve a ignorar. Prepárense porque llegó, la navidad está aquí... 


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